Esta mañana me desperté en la ciudad de la lluvia, en pleno noviembre. Las persianas estaban bajadas, así que no me di cuenta de que estaba nublado de nuevo hasta que llegué a la cocina.Tampoco me impresionó que no se pudiera ver nada a través de la ventana. Después de tomarme el café habitual, frío y sin leche, cogí mi abrigo y me aventuré a salir a la calle. A lo lejos, más allá de los edificios setenteros y los parques llenos de graffitis, se veían las altas y oscuras montañas típicas de el paisaje en el que me encontrada. Eran de un verde oscuro y brillante, pobladas de casas de todos los colores que te llevaban a su época y te hacían imaginar cosas que de otra forma jamás hubieran ocurrido. Aquellas montañas y aquellas casas eran lo único que la niebla no engullía, temerosa de lo que pudieran hacerle.
El frío entraba en mi cuerpo como si fuera suyo y yo me rendía a él como si no tuviera fuerzas. Nunca las tuve.
A lo lejos apenas se oía el ruido de coches del centro, y eso era lo que me gustaba de aquel barrio a las afueras: el silencio.
Llevo una una semana aquí metida, en un lugar que no conozco de nada, sin planes de futuro más allá de un libro que nunca escribo y un trabajo de nueve a tres en una tienda de ultramarinos. Sólo conozco a Marie, la dueña de la tienda, una mujer de más de setenta años que tiene muy mala leche, pero en el fondo es una buena persona, y a Aurèlie, la chica que me sustituye a las tres en la tienda. Es un cielo, pero un poco tonta. No esperaba mucho, después de mudarme de la capital a una ciudad pequeña de mucho llover, pero espero que la semana que viene ocurra algo más interesante.
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